Han pasado cuatro días desde que llegué de mis vacaciones en Perú y, tras analizarlo con frialdad, creo que estoy en condiciones de decir que visité el lugar más espectacular que haya visto jamás. Se trata, por si alguien lo intuía, de Machu Picchu, el antiguo poblado inca situado en la cordillera de los Andes, al sur del Perú, a 2.600 metros sobre el nivel del mar.

Había visto fotos de Machu Picchu. Y vale, parece bonito ese montón de piedras viejas rodeadas de montañas verdes. Pero estar allí es otra cosa. Uno percibe un aura mágica y mística que envuelve el lugar. Paisajísticamente es de por sí un sitio incomparable. Rodeada de vastas montañas andinas teñidas de verde, una enorme llanura emerge para dar sitio al antiguo poblado, construído con piedras con los incas extraían del mismo suelo montañoso.

El poblado se divide con precisión entre la parte agrícola y la urbana. La primera es fácil de identificar gracias a las famosas terrazas agrícolas que escalan, una tras otra, la montaña, y donde los pobladores cultivaban todas las verduras y hortalizas que requerían para su día a día. En la zona urbana, restos de viviendas y de templos religiosos donde los incas rezaban e invocaban a sus dioses.

Resulta increíble retroceder mentalmente hasta el siglo XIV o XV e imaginar cómo vivían los indígenas incas en un lugar tan mágico. Y más espectacular resulta imaginar cómo carajo construyeron, piedra a piedra, un poblado tan estructurado como Machu Picchu, con sus partes bien diferenciadas y un sistema de canalización del agua que sería la envidia de muchas civilizaciones que se las dan de listos.

Además, fui uno de los 400 privilegiados que, cada día, pueden ascender el Wayna Picchu, un elevado pico situado junto a Machu Picchu, desde donde pude disfrutar de una vista privilegiada de todo el complejo inca.

Mi periplo por Perú también me llevó a Lima, la lindísima Cusco, Ollantaytambo y Aguas Calientes. Sin duda, otro viaje para recordar.

Las fotos del viaje, aquí.