Días movidos. Al final de la tan agradable y necesaria visita de Jordi y Montse se unió una engorrosa mudanza forzada de piso. Tuve que dejar mi pequeño pero acogedor piso en Bellavista a causa de la marcha a Europa de mi compañera -y administradora- del citado piso. Tras unos días de búsqueda decidí moverme de barrio: cambiar la bohemia y la tranquilidad de mi anterior zona por el ajetreo y los grandes edificios del barrio de Providencia, una zona más acomodada. Lo cierto es que he encontrado un buen sitio, bien comunicado, con bares y restaurantes alrededor. El piso es cómodo, y mi habitación muy acogedora, con una enorme cama y vistas a la cordillera.

Lo incómodo del asunto ha sido la mudanza. Tras siete meses en un sitio, todo estaba en su lugar. La ropa, debidamente ordenada en el armario, las camisetas en un cajón, la ropa de deporte en otro... todo correcto. Y el escritorio, mi centro de operaciones, con bolígrafos, papeles y varios utensilios que con el tiempo se van acumulando en una mesa pero que, dentro del desorden, siguen un orden predeterminado. Pues creedme que se me ha hecho jodido recogerlo todo y, en dos viajes y cargado de bolsas, mudarme a mi nuevo hogar. Parece mentira la de clips, papelitos y todo tipo de pequeños artilugios que se acumulan en los cajones de un escritorio en tan poco tiempo.

En fin, que ahora mismo ya estoy semi instalado. Y esto porque no puedo instalarme en la que será mi nueva habitación hasta el día 7, cuando la actual moradora -que por cierto no está en Santiago, sino viajando por el norte- vuelve para Francia, su país de origen. Hasta entonces, estoy en la habitación de uno de mis dos compañeros de piso, que salió unos días y, muy amablemente, me cedió su espacio para tener una cama donde tumbarme. Para alguien ordenado y meticuloso como yo la imagen actual es terrible: todas mis cosas esparcidas por la habitación, a la espera de llegar a su destino definitivo. Ah, y entre todo esto, momentos agradables: una cena con un grupo de 25 turistas catalanes gracias a Miguel y Fina, los padres de mi colega Ferran. Como en casa.